sábado, 30 de marzo de 2013

Se me rompió el saco


 “Hay una especie de avaricia honrosa, y es la de las palabras.”
Constancio C. Vigil

Es fácil comprender que existen cosas ineludibles, ¡sí, fácil…, como la muerte!, ¡todos lo sabemos! Pero hay momentos en la vida en los cuales nos  encomiendan una labor especial,  que por alguna razón resulta ser muy complicada, entonces empezamos a darle vueltas,  pensamos, no dormimos, consideramos escapar, buscamos excusas para no hacer nada y al final, la triste realidad dice que  debemos cumplir. Por eso estoy aquí, una tarde de festivo poniéndole la cara a lo inevitable, Antes que nada, quiero confesarles algo: yo soy golosa, lujuriosa, iracunda y perezosa pero nunca he sido avara de eso estoy completamente segura.  AUXILIOOOO!   Este artículo es sobre la avaricia, y “en conclusión” como diría mi persona favorita, aquí va.


  Cuando tenía 17 mi ilusión más grande era estudiar en la Nacho. En aquel tiempo alguien pensó que como dibujaba tan bonito y quería ser artista podría trabajar haciendo artes,  y así de repente estaba en la tradicional olla de Bogotá, en la carrera decima con calle sexta (hoy en día parque Tercer Milenio),  eran un poco de casas viejas, inseguras además, donde no se ¿por qué se agremiaron todos los artegrafistas de la ciudad, o casi todos, tarjetas,  sellos,  facturas, afiches, pendones, etiquetas, cajas y hasta billetes?, si toda clase de artículos gráficos, claro, en esa época impresos porque todavía no tenía tanta fuerza la internet. Yo  odiaba los computadores, pensaba que las máquinas jamás podrán reemplazar al hombre y todavía lo creo, pero con una visión muy amplia de la vida y de nuestra actualidad.

- “Lilianita, prenda el computador”,  me decía mi Jefe, yo no tenía ni idea de cómo hacerlo, y tampoco sabía que era un arte: El computador lo prendí  de suerte y en cuanto a los artes,  él me decía todas las mañanas: -“Siéntese a mi lado, mire todo lo que yo hago y ponga mucha atención”. Durante un mes mis labores se limitaban a: prender los computadores, mirarlo  trabajar, atender con amabilidad a los clientes, y lavar el baño todos los sábados.
 Un día me quede sola en esa oficina con una tarea por hacer “un rayadito sencillo” como le decían, y ¿saben?, cometí mil errores de ortografía, cuando lo recuerdo todavía me da vergüenza, pero eso no me detuvo, todos los días me ponía retos de capacidad y excelencia, más artes, menos errores, y  por cada arte nuevo que hacía, me gustaba más mi trabajo, al punto de no salir a comer por estar concentrada en mi labor, o de no darme cuenta que el tiempo pasaba y ya era hora de irme a casa, esto me gustaba mucho, era muy encarretador y lo mejor de todo,  hacía muy bien las cosas, era el paraíso…

El avaro (según mi humilde opinión recordando la historia de Moliére)
  Con el tiempo empecé ver mi paraíso algo diferente, un día conocí a un tal Mauricio era un señor que decía que había estudiado diseño gráfico en España y se jactaba de ser el único del sector que manejaba Photoshop. Recuerdo que por ese tiempo hasta ahora se estaba popularizando este software, lo que dejaba a este señor en una posición privilegiada, la cual aprovechaba con gran sagacidad, cobrando excesivamente por su trabajo, además siempre estaba dispuesto a utilizar sus artimañas para desprestigiar a cualquiera que hiciera un trabajo similar y aunque tuvimos una relación de respeto gremial, jamás me dio por lo menos  un mínimo tip o escuche que lo hiciera con alguien más, de esta manera protegía celosamente su ventaja (la arqueta de diez mil escudos), nunca calculó que la gente se cansaría de su continua usura, ni que llegaría gente nueva, con ideas innovadoras, ganas de compartir conocimiento; sin tiempo para notarlo, Mauricio fue desplazado y relegado, hoy se conforma con hacer artesitos de $ 5.000 y vivir al día, para continuar.

Midas (Como el mito griego)
  Un día cuando yo llegaba a trabajar vi un aviso de sellamiento en el local de Don Héctor, una persona amable y buena, el rumor caminaba por toda la sexta, estaba arrestado por falsificar dólares, con un toque convertía el papel en plata, que tristeza! Don Héctor duró diez años en la cárcel, perdió su taller y a su familia, se quedó sin nada, en el mundo de los artegrafistas las propuestas de dinero fácil falsificando documentos son muy frecuentes y muchos incautos caen por ambición y avaricia.

Unos cuentos en navidad(…Ya saben: Los de Dickens)
  Y la olla se trasladó, ya no está en la sexta, está en el Ricaurte, un barrio popular de Bogotá y se llama El Centro de las Artes Gráficas, lugar de cuenticos como: “ Yo le imprimo y no le cobro el arte” ¡sí, claro!, ¡cómo no!, primero y como dice el dicho “lo barato sale caro” entonces nos dicen; - “Seguro que para mañana” y pasan tres días y nos meten más cuentos como “la máquina se daño”, “la tinta no seca” o que el “papel por ser importado no sirve”, sufrimos, rogando que por favor nos den alguna razón del trabajo y cuando por fin está listo, resulta que el arte estaba mal, esto quiere decir que todo se irá a la basura.
  ¡Otro!,  “yo le hago el arte, yo soy un duro para Photoshop” y resulta que no tienen ni mediana idea de que es edición o retoque digital, RGB, o CMYK  y lo que hacen es arruinar el archivo, y para colmo de males nosotros le dejamos el original y también se pierde, todo por los mismos $ 5.000.

"La avaricia y la ambición, congelan el corazón”
  Pienso que la avaricia motiva a estos negocios para que se tiren la industria gráfica regalando artes mediocres para conseguir mayores ganancias, despreciando la labor creativa de un diseñador. Tal vez fue esto lo que me hizo pensar que mi paraíso no estaba en este lugar y en aquel tiempo me fui lejos, muy lejos y aprendí que lo que para ellos es un arte para mí es un Diseño, que tiene gran valor, por la forma cómo surge de mi ser, por el amor con el cual lo hago, por la pasión que tengo, por esta labor y por muchas razones más que ustedes conocen mejor o igual que yo. Solo me queda confirmarles que jamás tendré el saco roto, como dice el dicho “La avaricia rompe el saco”,  pero seré muy feliz haciendo lo que me gusta.
  Se me olvidaba, muy seguramente, terminaremos imprimiendo en el Ricaurte, pero ¡chicos!, los diseños los hacemos nosotros, ¡frescos!

“Quien sin dar ofrece, nunca empobrece”
ANGÉLICA LILIANA ROA

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